Antonio Robles: segundo round
1. Para
el visitante de la región central Coro es compleja, entraña pesos fuera de
costumbre, tiene como una noche aún más densa, y la gente que es de allá la
lleva por dentro todo el día. Habrá que caer en el ridículo terreno del
oxímoron, de la hipérbole, del cruce de fuerzas, pecar de arjonismo y tener que
hablar de una gente -cuando deja ver parte de eso que cargan todas las personas
que he conocido que viven allá y que se ocupan de ir más allá de sobremorir- y
decir estupideces de la laya de noche luminosa, densa sequía -el cliché del
desierto era inevitable, pero incompleto-; habría que hablar de vigilia mítica
y una vaina no sé qué raigal que para nosotros los centrales, tan caribes igual
en la sensibilidad, la gritadera y la muerte, se nos hace aún más pesado,
antiguo, “que viene de antiguo”. Y claro, Coro es la primera ciudad del
continente (y que perdone Dios y el cumanismo me perdone), Coro carga la
primera cicatriz, en Coro esa noche-caldo de cultivo se aferró a ese punto en
que todo se interrumpió y le quedó la noche germinal (la noche en pleno día que
metaforizó Atahualpa en la sierra andina). Noche de grieta y resolana que exige
sapiencia de abuela para ver si se logra dimensionar. Así de raro y
arriesgadamente cursi de pensar. El desgarro más longevo con registro blanco
del país. Coro es una autopista al pasado más hondo, insisto, cuando se deja
ver.
Y a la
vez, según lo testimoniado, Coro es la mera bisagra de un cordón umbilical más
extenso que amarra la sierra con el borde último de la Venezuela continental,
en campo descubierto, Coro abre su propio camino de entrada y salida; todavía
pervive el corredor caquetío que se oscurece en el camino y pasa hacer la
entrada de una nación de zambos, una cartografía propia y rebelde. Pero en la
misma base de fuerza está también el enemigo que también contiene, con las
mismas características primarias: del centro hacia afuera, la ciudad va
narrando el antidesarrollo, y de los restos de esplendor de casa antigua y
callejón apretado, pasa al desastre urbanístico disgregador, al salto
traumático entre una Venezuela y otra conforme van cambiando sus motores económicos.
Del caserón de barro al bloque unificado, a la barriada horizontal y deprimida,
la historia del capitalismo deforme. Y sus miserias: el abuso policial, el
secuestro de las claves para interpretar su propia densidad relegándola al
tedio mortal, su valor secundario en la circulación de mercancía a pesar de ser
punto de reunión a campo descubierto. Con sus agentes de “la muy noble y no tan
leal”, Coro también tiene sus hijos de puta, que no serán el objeto de este
segundo asedio a la poesía de Antonio Robles, coriano quintesencial. El primer
round fue Callejón X (que este su servidor hizo el prólogo y editó a destiempo)
en 2007, y la celebración de entrada apuntaba a la irrupción de una poesía
prole sin tutela, al componente malandro-chamanístico, al descontento
periférico y su propia luminosidad. Siete años después no vamos a hablar de lo
mismo.
2.
Antonio Robles encarna esa noche encandilada. Verlo en Coro es una
lotería administrada por él mismo. Coro es fantasmática porque sí, los espantos
son viejos y mientras más al centro te acerques más se nota. Y el hombre actúa
así, aparece puntualmente cuando aparece y se va sin avisar cuando se tiene que
ir. Nunca se sabe. Pero cuando no aparece se excusa, y cuando aparece ejerce
ese código de honor hospitalario que allá se tiene (escribo en Caracas), ese
honor sólido y austero, inamovible en sus puntos neurálgicos. En esas tropelías
Antonio nos ha acompañado en las jornadas suicidas cuando investigábamos sobre
los duendes en la Sierra o los experimentos de Ibrahím López García; en la
leedera con cocuy de alto octanaje y poesía por los lados de Garcés con
Buchivacoa, en esa pea de “viento seco”, y logrando entender, por estar en la
zona, el “una cabra sin ojos cruza el viento” de Rafael José Álvarez. Porque para
conocer el territorio de un lenguaje, así poetas como Álvarez y Robles sean
embajadores de su tierra, hace falta estar ahí, en ese punto donde todo eso se
cruza, “sin ojos” (oír es una forma de ver, o algo así, decía Alfredo Molano, y
aquí vale también un viceversa: ver es oír).
3. Hijo de ningún apellidote, estudiao “para que
los académicos no crean que son los únicos que estudian”, ese fantasma a
contraluz, Robles por prole es receptáculo eficaz de ese mundo que borra el
ruido frívolo del aparato de la cultura mercachifle (en la avenida Manaure hay
una tienda de ropa que se llama “Anorexia’s: tu estilo”), y por esa situación
de cargar sólo con su apellido y la herencia prole de sus padres, Robles
enuncia desde los márgenes, se acentúa él mismo lo paria, y en términos
estrictamente literarios asume esa línea disconforme que tiene rostros visibles
(como Gonzalo Arango), que se refugia en Bukowski y la aventura de los beat
(particularmente Kerouac), que encuentra en Roger Herrera el cruce de la
mística al malandreo, y porque esa noche de barrio que no es la “noche oscura”
de la mística española (en Robles no hay horror vacui) sino la noche cargada,
fértil, desastrosa y americana. Pero por más que lo intente, es la inocencia y
el sentido de la aventura la que puede prevalecer (otra vez esa extraña forma
de luminosa oscuridad) ante un mundo de mierda. Entonces, la resistencia (esa
manoseada palabra) se enuncia conservando la mejor instancia de rebelión: la
infancia.
4. Pero
si eso describe algo de los adentros, hacia los afueras Robles describe dos
puntos centrales en el transcurrir de la poesía hoy por hoy: 1) la inserción en
los circuitos de consumo literario de una poesía hecha desde los abajos sin
mediación y 2) una línea fértil que en su veta ya en este momento produce su
primera crítica de algunos de los que ahora escriben. Cada poema nos presenta
una explosión de conocimientos, son claramente visionarios, a partir de uno se
viene toda una gran fuente de información (...) la condición del poeta como vidente,
capaz a través de la decantación lingüística del asombro al
percibir-interpretar los textos y las imágenes que componen los entramados del
imaginario jíbaro” dice Miguel Antonio Guevara (de Barinas). “El malandreo iluminado, en el caso del
poemario de Antonio Robles (habla de Callejón
X), consiste en una tendencia estética-ideológica que integra, de forma
compleja, en un solo sistema poético, la violencia, el tono y la ironía del
contexto marginal de la calle, (el denominado lumpen proletariado), a través de
neologismos, extranjerismos, palabras del dialecto malandrizado del
narcotráfico y el léxico coloquial, con un lenguaje poético místico y profético
en delirio, para denunciar y/o criticar la institución de la poesía, la
academia y la burocracia (la ciudad
letrada); asumiendo, al mismo tiempo, la voz poética, una postura romántica y
vitalista de chamán y proletario a la vez, o bien, de vagabundo trascendental que está al margen
de todas las manifestaciones, menos del espíritu”, dice Daniel Arella (Mérida).
Ambos poetas, ambos muchachos problematizando el quehacer hoy por hoy, ambos
los primeros en pensar la poesía de Robles sin tanto oropelito de unos cuantos
con tiempo en la pista. Arella y Guevara dejan bien claro que la ciudad de la
bronca no es precisamente esa impecable ciudad de la furia.
5. Una
poesía que ya asoma su propia crítica, su propio asombro y fascinación. Y tanto
Guevara como Arella coinciden y desarrollan ese lugar de violencia lexical de
la poesía de Antonio, el desafío callejero de pobre, el señalar por contraste
que algunas zonas de la disconformidad y el desafío prole, al pensar las
instancias del desvarío, la visión, el chamán, todos atributos presentes. Pero
“jíbaro” es la voz puertorriqueña para designar al campesino. Y esa vegueridad
habita dentro de la coraza del lenguaje y la coñiza dialectal que Robles
emplea. También habla sonoro el campesino desruralizado. Expropiando al
lenguaje, procesando horas y horas de aire de basura televisiva y psicología de
cine millonario, entre un embate y otro se refleja ese dato hereditario y a la
vez actual, que en tiempos de chavismo Ramón Mendoza ha llamado la
intracultura. Esos adentros presentes e históricos que albergan más
alternativas reales que cualquier formulario medio dialéctico. Porque en el
centro de esa coñiza sonora, se preserva, repetimos, la infancia, el viaje
infinito, el no volver a la casa todavía porque hay que regresar dando la
vuelta. “En el espíritu de Charles Lindbergh”, de Bronca city y presente en esta selección se sintetiza justamente
esa fascinación del niño, único capaz de rebelarse según César Vallejo.
Curiosamente, esto lo sostenemos con el poema menos descriptivo de lo que
convencionalmente identifica a Robles.
6. Pero,
y nos contradecimos, ese mismo sentido de aventura también narra la expoliación
y la lejanía forzada. El símbolo del Sioux, del beduino, del espíritu marino de
los viajes de Salgari, el fijo asombro (en eso se parece a Gustavo Pereira, en
esa aventura de la infancia). Porque inocencia no es ingenuidad. Y así como
preserva esa sombra, hasta la poesía amorosa de Robles puede llegar a ser
fantasmática, ella siempre se está yendo, está de paso, es la más buscada. El
abandono es mutuo, la pasión está en la búsqueda: “Y las olas del Atlántico norte
la llevaron más hacia / el oeste, tan lejos que ya sus pies descalzos caminaban
por / la rivera de la Bahía de Hudson”. El amor es un trastorno geográfico.
7. Entre
estos embates, entre tanto cruce, de esta selección sólo podía encargarse el
mismo Antonio Robles. Yo propuse reunir toda la obra, él declinó y prefirió
resolverlo él mismo (y menos mal). Antonio una vez más asumió el riesgo y
falconianamente asume su responsabilidad: en este libro se cruzan los tonos
callejeros encabronaos, las aventuras de brújula choreta y millones de
kilómetros, las nuevas aproximaciones que representa “El consejo de los
brujos”, donde ha ido reuniendo la instancia más diáfana y espiritual, poniendo
más densidad sobre cada palabra, explorando otra zona de la misma visión. Yo
por eso apenas menciono o cito algún poema. Él se defiende solo, él mismo en
HD.
Diego Sequera
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